top of page
Linea categoria.png

Fórmulas de la Pluma

Separadores cabecera I.png
Separadores cabecera D.png

El conflicto: el motor de la historia

Descubre qué es el conflicto narrativo, cómo nace del deseo y la oposición y por qué las decisiones y consecuencias impulsan una historia.

Personaje ante varios caminos bloqueados dentro de un grimorio abierto. Unos engranajes dorados y lilas se iluminan bajo sus pies mientras, a lo lejos, una puerta resplandeciente señala su objetivo.

September 18, 2026

9 min

fecha-publicacion.png
tiempo-lectura.png
marginalia-derecha.png
marginalia-izquierda.png
Separador inicio texto.png
I

Imagina una historia sobre una joven que quiere cruzar un bosque para visitar a su abuela. Sale de casa, sigue el camino, disfruta del paisaje y llega sin ningún problema. Su abuela la recibe, pasan una tarde estupenda y ambas viven felices para siempre.

Precioso. También bastante aburrido.

Sin el lobo, Caperucita Roja sería poco más que la crónica de alguien haciendo un recado.

La historia empieza a resultar interesante cuando algo se interpone en el camino. Quizás el bosque está habitado por una criatura dispuesta a comérsela, la abuela ha desaparecido o la joven no quiere visitarla porque sospecha que guarda cadáveres en el sótano. En cuanto aparece una fuerza que se opone a lo que el personaje quiere, nace el conflicto.

Y no, el conflicto no exige que dos ejércitos se enfrenten, que una pareja discuta bajo la lluvia ni que el destino del mundo dependa de encontrar una espada legendaria cuya ubicación, por supuesto, nadie conoce desde hace mil años. Puede encontrarse en una guerra, pero también en una conversación aparentemente educada, una decisión que nadie quiere tomar o un secreto que amenaza con salir a la luz en el peor momento posible. Los secretos tienen esa costumbre.

El conflicto aparece cuando alguien quiere conseguir, evitar o conservar algo y encuentra una resistencia. Esa lucha obliga a actuar, tomar decisiones y enfrentarse a las consecuencias. Por eso solemos llamarlo el motor de la historia: es lo que consigue que los personajes dejen de contemplar tranquilamente el paisaje y empiecen a hacer algo.

Un paseo por el bosque puede ser muy agradable. Pero, si quieres una historia, tarde o temprano tendrá que aparecer el lobo.

Querer algo no siempre significa perseguir un tesoro

El deseo del personaje marca una dirección. No tiene que indicarnos todo el recorrido ni revelar dónde terminará la historia, pero sí nos permite saber hacia dónde intenta avanzar en este momento.

Si no quiere nada, cualquier camino le sirve. Puede entrar en el bosque, regresar a casa, instalarse a vivir debajo de un árbol o esperar pacientemente a que la trama venga a buscarlo. Y puede que lo haga, pero convendría no obligarla a cargar con todo el trabajo.

Lo que quiere tampoco tiene que permanecer igual durante toda la historia. Al principio puede intentar recuperar un objeto robado y descubrir después que lo verdaderamente importante era conocer por qué alguien lo había escondido. Puede perseguir reconocimiento hasta comprender qué está sacrificando para conseguirlo. Cada respuesta puede transformar el deseo inicial o revelar otro que llevaba tiempo escondido debajo.

También es posible que no quiera avanzar, sino conservar lo que ya tiene. Hay personajes que comienzan la historia intentando proteger su hogar, mantener una mentira o impedir que alguien altere el precario equilibrio en el que viven. Cuando el mundo cambia, su objetivo consiste precisamente en devolver cada cosa a su sitio.

Resistirse al cambio no convierte automáticamente a un personaje en alguien pasivo. Puede invertir todos sus esfuerzos en conservar una vida que ya se está desmontando a su alrededor. Puede seguir colocando los cojines mientras la casa arde, pero tarde o temprano tendrá que reconocer que quizás el problema no era la decoración.

El personaje ni siquiera necesita comprender desde el principio qué está buscando realmente. Puede estar convencido de que quiere demostrar que no necesita a nadie cuando, en realidad, teme volver a confiar. Quizás busca poder porque cree que así nadie podrá hacerle daño. Lo que persigue y lo que necesita no siempre son la misma cosa y, cuando ambas entran en contradicción, pueden convertirse en otra fuente de conflicto.

No hace falta conocer desde la primera página todas las capas de ese deseo ni obligar al personaje a rellenar un cuestionario sobre sus necesidades emocionales antes de dejarlo entrar en escena. Por ahora basta con saber hacia dónde intenta avanzar —o qué se empeña en conservar— cuando comienza la historia.

Con la dirección marcada, ya podemos empezar a colocar cosas en su camino.

Esfera armilar dorada cuyos anillos, planetas e hilos lilas se orientan hacia una estrella luminosa suspendida dentro de una gota de cristal.
Cuando algo importa, todas las piezas de la historia comienzan a orientarse hacia ello.

Lo que se interpone en el camino

Imagina que un personaje necesita abandonar una ciudad antes del amanecer.

Quizás otra persona intenta retenerlo porque conoce el secreto que pretende llevarse. Puede que las puertas de la ciudad permanezcan cerradas por orden de la reina. Tal vez una tormenta haya destruido el único puente o sea el propio personaje quien se quede paralizado al comprender que marcharse significa abandonar a alguien.

El objetivo no ha cambiado, pero cada una de estas fuerzas crea un conflicto diferente.

La oposición puede proceder de otra persona, de las reglas de una sociedad, de las condiciones del mundo o del interior del propio personaje. Con frecuencia aparecerán varias al mismo tiempo porque, si ya hemos decidido arruinarle el día a alguien, parece absurdo quedarse a medias.

Sin embargo, colocar algo en su camino no basta para crear un conflicto interesante. Si el puente está roto, pero existe otro a cinco minutos, no tenemos un gran problema: tenemos un paseo ligeramente más largo. Para que el obstáculo importe debe dificultar de verdad el objetivo, obligar al personaje a buscar otra forma de alcanzarlo o hacerle pagar algún precio por continuar.

La oposición puede encontrarse en otra persona, en las reglas del mundo, en las circunstancias o dentro del propio personaje.
La oposición puede encontrarse en otra persona, en las reglas del mundo, en las circunstancias o dentro del propio personaje.

Ese precio tampoco tiene que ser físico. Puede perder tiempo, una oportunidad, la confianza de alguien o parte de aquello que estaba intentando proteger. Incluso superar un obstáculo puede provocar otro problema. Quizás consigue salir de la ciudad, pero para hacerlo debe revelar su secreto, traicionar a una persona o aceptar la ayuda de alguien a quien no soporta.

Además, la resistencia externa y la interna suelen alimentarse entre sí. Un personaje puede tener delante una puerta abierta y seguir siendo incapaz de cruzarla. También puede vencer sus propios miedos y descubrir que el mundo no tiene ninguna intención de premiar su crecimiento personal facilitándole las cosas. Una falta de consideración bastante habitual por su parte.

Estas fuerzas no tienen por qué mantenerse aisladas durante toda la historia. Conviene comprender cuál dificulta el objetivo en cada momento y por qué el personaje no puede limitarse a rodearla como quien esquiva un charco.

Un obstáculo que desaparece sin exigir nada puede retrasar el camino. El conflicto comienza a cobrar fuerza cuando atravesarlo obliga a pagar un precio.

¿Por qué no puede marcharse sin más?

Podemos colocar una muralla, una tormenta y medio ejército delante del personaje, pero todavía queda una pregunta incómoda: ¿por qué no se da la vuelta y decide que todo aquello no merece la pena?

Si abandonar el objetivo no cambia nada, el conflicto pierde fuerza. El personaje puede sentirse frustrado durante unos minutos, quejarse de su mala suerte y continuar con su vida. Una decisión muy razonable y, por tanto, bastante poco rentable para la historia.

Volvamos al personaje que necesita abandonar la ciudad antes del amanecer. Quizás lleva consigo una prueba capaz de liberar a alguien condenado injustamente. Si no llega a tiempo, esa persona será ejecutada. De repente, esperar pacientemente a que reparen el puente deja de parecer una alternativa aceptable.

El motivo podría ser escapar de un matrimonio impuesto, impedir que alguien descubra su verdadera identidad o reunirse con una persona que corre peligro. El viaje continúa siendo el mismo, pero cada posibilidad transforma lo que significa fracasar.

Las consecuencias deben nacer de algo que importe al personaje. No basta con anunciar que ocurrirá una desgracia terrible, acompañarla con música dramática y esperar que quien lee se preocupe automáticamente. La destrucción de una ciudad puede dejarnos bastante indiferentes si solo conocemos su nombre, mientras que la pérdida de una simple carta puede resultar insoportable si contiene las últimas palabras de alguien amado.

No todo fracaso tiene que provocar una tragedia ni dejar tres cadáveres decorativamente repartidos por el escenario. Puede deteriorar una relación, cerrar una oportunidad, confirmar uno de los peores temores del personaje o permitir que siga atrapado en una vida que ya no soporta. Lo importante es que no pueda regresar al punto de partida como si nada hubiera sucedido.

Aquello que está en juego también puede cambiar mientras avanza la historia. Al principio quizás solo teme perder su trabajo, pero después descubre que su fracaso perjudicaría a otras personas o revelaría algo que lleva años ocultando. Cuanto mejor comprende el problema, más difícil resulta fingir que no tiene nada que ver con él.

Cuando un conflicto parece no tener fuerza, puede que no necesites añadir una profecía, tres asesinatos y el fin del mundo. Quizás solo necesites responder con claridad a una pregunta:

¿Por qué este personaje no puede rendirse y marcharse?

Si la respuesta es «porque entonces no habría historia», tenemos trabajo por hacer.

Viajero que protege una carta luminosa mientras cruza un puente que se derrumba. A su espalda queda un medallón familiar unido a su capa por un hilo lila.
El conflicto adquiere fuerza cuando continuar exige un precio y rendirse también tiene consecuencias.

La hora de elegir

Hasta ahora hemos colocado al personaje frente a un objetivo, hemos llenado el camino de obstáculos y le hemos dado motivos suficientes para no marcharse a casa. Pero el conflicto no debería limitarse a lanzarle desgracias mientras espera educadamente a que termine el bombardeo.

En algún momento tendrá que decidir qué hacer.

No todos los conflictos ofrecen dos puertas perfectamente señalizadas con un cartel de «elige sabiamente». A veces la decisión consiste en enfrentarse al problema o seguir ignorándolo. En otras ocasiones, el personaje tendrá varias opciones y ninguna parecerá especialmente brillante. También puede negarse a escoger, aunque la historia suele considerar la inacción una elección y enviar igualmente la factura.

Lo importante es que su respuesta dependa de quién es. Dos personajes pueden encontrarse ante el mismo problema y tomar caminos completamente diferentes. Uno puede revelar un secreto para salvar a alguien; otro protegerlo porque cree que las consecuencias serían todavía peores. Ninguna decisión surge únicamente de las circunstancias: también intervienen sus miedos, valores, experiencias y todo ese equipaje emocional que nadie recuerda haber facturado.

Las decisiones no solo cambian el rumbo de la historia: también revelan quién es el personaje.
Las decisiones no solo cambian el rumbo de la historia: también revelan quién es el personaje.

Por eso las decisiones nos permiten conocer al personaje de una forma que ninguna descripción puede conseguir. Puede asegurar durante cien páginas que es valiente, leal y capaz de sacrificarlo todo por los demás. Después llega el momento de hacerlo y, de repente, descubrimos cuánto pesaba realmente ese «todo».

Ahí es donde el conflicto puede poner a prueba el tema. Si la historia explora la confianza, el personaje tendrá que decidir si cree en alguien cuando hacerlo resulte arriesgado. Si habla de libertad, deberá enfrentarse a aquello que está dispuesto a perder para conseguirla. El tema plantea la pregunta; el conflicto evita que pueda responderla cómodamente desde un sofá.

El personaje puede elegir bien, equivocarse o tomar una decisión comprensible que termine provocando un desastre. La respuesta correcta no siempre será la más interesante; su forma de actuar debe tener sentido para quien es en ese momento.

El conflicto no solo sirve para descubrir si conseguirá su objetivo. También nos permite ver en quién se convierte cuando tiene que escoger.

Cuando el motor empieza a toser

Hay historias con personajes, secretos, criaturas, romances y suficientes desgracias como para abastecer tres trilogías. Todo parece estar en su sitio y, aun así, el manuscrito avanza con el entusiasmo de una carreta sin ruedas.

La primera tentación suele ser añadir algo. Otra revelación. Una profecía. Un asesinato estratégicamente colocado. Una guerra para animar el ambiente. Sin embargo, acumular acontecimientos no sirve de mucho cuando el problema está en el mecanismo que debería conectarlos.

En ese momento, conviene regresar a unas cuantas preguntas:

  • ¿Qué intenta conseguir, evitar o conservar el personaje?

  • ¿Qué se lo impide?

  • ¿Por qué no puede abandonar el problema?

  • ¿Qué tendrá que arriesgar para continuar?

  • ¿Qué decisión está evitando tomar?

  • ¿Qué cambiará después de que actúe?

Las respuestas no tienen que ser brillantes ni ocupar una ficha de veinte páginas. Solo deben señalar dónde se ha soltado la pieza.

Un objetivo demasiado difuso deja al personaje caminando sin dirección. Un obstáculo que desaparece con una pregunta razonable apenas consigue retrasarlo. Unas consecuencias desconectadas de aquello que le importa provocarán mucho ruido, pero poca tensión. Y, si atraviesa cada problema sin tomar ninguna decisión, quizás se haya convertido en acompañante de su propia historia.

Localizar el fallo no obliga a desmontar todo el manuscrito y empezar de nuevo bajo la siguiente luna llena. En ocasiones basta con concretar el objetivo, acercar las consecuencias o impedir que una decisión pueda borrarse cómodamente en la página siguiente.

Estas preguntas tampoco son un control de acceso que debas superar antes de empezar a escribir. El conflicto puede aparecer mientras avanzas y mostrar su verdadera forma mucho después. Guárdalas para cuando la historia se detenga, empiece a caminar en círculos o contemples seriamente la posibilidad de provocar una explosión porque ya no sabes qué hacer con el capítulo.

Poner dificultades en el camino no consiste en torturar al personaje hasta que quien lee sospeche que tienes algo personal contra él. El conflicto debe enfrentar algo importante a una resistencia capaz de ponerlo a prueba.

Cuando existen un deseo, una oposición y una decisión, el motor empieza a funcionar. Las acciones que nazcan de ese choque irán trazando el recorrido de la trama.


Fuentes del archivo

Fuentes teóricas y obras de consulta

• Egri, Lajos. The Art of Dramatic Writing. Simon & Schuster, 1946.

• McKee, Robert. Story: Substance, Structure, Style and the Principles of Screenwriting. ReganBooks, 1997.

• Truby, John. The Anatomy of Story: 22 Steps to Becoming a Master Storyteller. Farrar, Straus and Giroux, 2007.

• Cron, Lisa. Wired for Story. Ten Speed Press, 2012.


Obras mencionadas

• Perrault, Charles. «Caperucita Roja», en Cuentos de mamá ganso. 1697.

• Grimm, Jacob y Wilhelm. «Caperucita Roja», en Cuentos de la infancia y del hogar. 1812.

Separador final.png

Otras criaturas aguardan detrás del velo.

Separador cierre.png
bottom of page