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Fórmulas de la Pluma

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¿Dónde se esconden las ideas?

Descubre cómo encontrar ideas para escribir, entrenar la imaginación, evitar juzgarlas demasiado pronto y guardarlas antes de que desaparezcan.

Objetos cotidianos sobre un escritorio liberan hilos luminosos que, sobre un cuaderno abierto, se transforman en un dragón, un bosque, una puerta y otras posibles historias.

September 17, 2026

21 min

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oda historia nace de una idea. Las ideas pueden ser de todo tipo y tamaño, y venir de cualquier lugar: de la última película que has visto, de una canción, de un paseo con los perros, de una nube e incluso de una quemadura mientras estás cocinando.

También pueden presentarse de un millón de formas. Quizás sea una frase, un personaje, un lugar, una escena o incluso un sentimiento. No importa cómo haya llegado hasta ti ni qué forma tenga. Lo importante es que, una vez que aparece, significa que has dado a luz una idea.

Las ideas son frágiles y es tu deber protegerlas, ayudarlas a crecer y creer en ellas porque, aunque haya mucha gente por ahí que diga que existen las malas ideas, no la escuches. Eso es solo lo que se inventan quienes no saben explicar por qué algo no funciona. Hay ideas que necesitan trabajo, ideas mal llevadas, ideas que se atascan, ideas que pierden la forma… Pero todas contienen el potencial para ser maravillosas si les concedemos la paciencia y la dedicación que necesitan.

Para algunas personas, encontrar ideas es la parte más complicada de todo el proceso de escritura. Si este es tu caso, no tienes que sentirte mal ni pensar que no puedes hacerlo: existen muchas formas de salir a cazar ideas que pueden ayudarte.

A lo largo de este artículo descubrirás por qué todas las ideas son válidas, qué puedes hacer cuando parece que no tienes ninguna y qué necesita una idea para comenzar a convertirse en una historia.

La idea no tiene que ser completamente original

Para comenzar tu viaje de descubrimiento voy a darte una mala noticia: ninguna idea es completamente original.

Siempre se escucha por ahí eso de que, si quieres escribir una buena historia, tienes que encontrar algo que no se haya hecho nunca. Pero encontrar una idea así es prácticamente imposible. Llevamos miles de años contando historias sobre el amor, la muerte, la venganza, la ambición, el miedo, la pérdida o la búsqueda de un lugar al que pertenecer. Lo que cambia no suele ser la idea de la que partimos, sino lo que hacemos con ella.

Existen distintas clasificaciones de tramas maestras. Ronald B. Tobias, por ejemplo, propone veinte grandes moldes narrativos en 20 Master Plots and How to Build Them. Más adelante hablaremos de ellas con calma, pero por ahora basta con comprender que partir de una base conocida no significa que todas las historias tengan que ser iguales.

Piensa, por ejemplo, en Pinocho. La historia de una criatura artificial que desea convertirse en humana puede relacionarse con el mito de Pigmalión. Mucho tiempo después, Inteligencia Artificial, de Steven Spielberg, volvió a plantear el deseo de un ser artificial por convertirse en un niño de verdad. La base puede parecernos similar, pero el contexto, los personajes, el conflicto y la mirada desde la que se cuenta producen historias completamente diferentes.

y géneros diferentes sin producir dos veces la misma historia.
Tres interpretaciones de una criatura artificial que desea convertirse en humana: una figura clásica, un niño de madera y un ser artificial futurista.
Una misma pregunta puede atravesar épocas y géneros diferentes sin producir dos veces la misma historia.

Hay un ejercicio de teatro que me gusta especialmente para comprobarlo. Se entrega el mismo diálogo a varias parejas sin darles ninguna información sobre los personajes ni sobre la situación. Cada pareja debe imaginar qué está pasando y representar la escena según su propia interpretación.

El diálogo que utilizábamos pertenece a la pieza XII de Historias mínimas, de Javier Tomeo:

—Oh, mi querida Rita.

—Aquí estoy.

—Pensé que ya no venías.

—Perdí el tren de las 8:40.

—¿Pensaste ayer en mí?

—Sí, pensé en ti.

—¿Y ayer noche soñaste conmigo?

—Sí, soñé contigo.

—¿Y qué soñaste?

—No lo sé, fue un sueño bastante extraño.

—¿Por qué?

—Te vi fragmentado, como en un mosaico.

—Flores para mi dama.

—Rosas.

—No, son orquídeas.

—Pues parecen rosas.

—Me juraron que eran orquídeas.

—De cualquier forma, sea lo que sea, tienen bastante buen aspecto.

(Se las come).

—¡Rita!

—¿Qué?

—Te quiero.

—Me gusta oírte decir eso.

Podríamos imaginar que Rita y la otra persona son dos enamorados que llevan mucho tiempo sin verse. El encuentro tendría un tono romántico y la confusión con las flores podría convertir el final en una escena cómica. Quizás Rita es excéntrica, quizás las flores son comestibles o quizás comérselas es una broma habitual entre ellos.

Pero también podríamos llevar el mismo diálogo a un lugar mucho más oscuro. Rita podría estar ingresada en una institución y la persona que la visita no saber hasta qué punto reconoce la realidad. De repente, el sueño en el que lo ha visto fragmentado, la confusión entre rosas y orquídeas y el momento en el que se come las flores dejan de resultar graciosos. Incluso ese «te quiero» final puede sonar desesperado, manipulador o triste.

No hemos cambiado ni una sola frase. Solo hemos decidido quiénes son los personajes, dónde se encuentran, qué relación existe entre ellos y qué intención ocultan detrás de sus palabras. Esas decisiones han convertido un mismo texto en dos escenas completamente distintas.

Con las ideas sucede exactamente lo mismo. Una casa encantada, una pareja destinada a estar junta, una criatura que desea convertirse en humana o un grupo de desconocidos obligado a emprender un viaje no pertenecen a una sola persona. Son puntos de partida. La originalidad aparece cuando decides quién protagoniza la historia, qué desea, qué está dispuesto a perder y desde qué lugar quieres contarla.

Ahora bien, que ninguna idea sea completamente original no significa que copiar esté bien. Inspirarse en una obra, utilizar elementos comunes y copiarla no son lo mismo.

Te inspiras cuando algo que has leído, visto o vivido despierta una pregunta nueva en ti. Quizás terminas una historia y piensas: «¿Qué habría ocurrido si el protagonista hubiera aceptado la propuesta del villano?». Esa pregunta puede convertirse en el origen de otra historia, pero tendrás que llevarla hacia tus propios personajes, conflictos y consecuencias.

Utilizas elementos comunes cuando recurres a arquetipos, criaturas, escenarios o recursos que forman parte de muchas historias: una academia de magia, una profecía, un vampiro, una pareja de enemigos que termina enamorándose… Nadie es dueño de esos ingredientes. Lo importante es qué haces tú con ellos.

Copias cuando no tomas solamente el punto de partida, sino también los elementos particulares que hacen reconocible a una obra: personajes demasiado parecidos, las mismas relaciones, conflictos que suceden de la misma manera, escenas equivalentes o una sucesión de acontecimientos casi idéntica. Cambiar los nombres o el color del pelo de los personajes no convierte una historia ajena en una historia nueva.

Si alguna vez tienes dudas, puedes hacerte una pregunta: si retiraras todos los elementos que proceden de esa obra, ¿seguiría quedando una historia propia? Si la respuesta es no, todavía necesitas alejarte un poco más de tu inspiración.

Y si aun así crees que una misma idea no puede dar lugar a historias diferentes, piensa en alguna historia que hayas leído y que no terminara de convencerte. ¿Nunca has pensado que tú habrías hecho las cosas de otra manera? Quizás habrías cambiado una decisión, dado más importancia a otro personaje o llevado el conflicto hacia un lugar completamente distinto.

Pues ahí está la respuesta. Eso que tú habrías hecho de otra forma es precisamente lo que puede convertir una idea conocida en tu historia.

El mito de esperar a la inspiración

Hay personas a las que las ideas les surgen como pequeñas supernovas todo el tiempo. Para otras, en cambio, encontrarlas puede convertirse en un verdadero desafío.

Si perteneces al segundo grupo, esto no significa que te falte imaginación ni que no puedas crear buenas historias. Quizás el problema es que estás esperando que las ideas aparezcan de una forma muy concreta.

Muchas veces hablamos de la inspiración como si fuera una criatura caprichosa que aparece cuando quiere, deja una idea maravillosa sobre nuestra mesa y vuelve a desaparecer sin dar explicaciones. Mientras esperamos su llegada, nos quedamos mirando una página en blanco pensando que no podemos empezar a escribir hasta que algo nos ilumine.

Y no voy a negar que a veces sucede así. Una idea puede aparecer de repente mientras estás paseando, escuchando una canción o intentando dormir. Es uno de esos momentos maravillosos en los que todo parece encajar sin esfuerzo y corres a buscar algo donde apuntarla antes de que desaparezca.

El problema comienza cuando creemos que esta es la única forma en la que puede nacer una idea.

La inspiración no crea de la nada. Se alimenta de todo lo que hemos visto, leído, escuchado, sentido y vivido. Una conversación que escuchaste hace meses puede mezclarse con una imagen que acabas de ver, un recuerdo o una pregunta que nunca habías llegado a formular. Cuando esa conexión se produce de forma inesperada tenemos la sensación de que la idea ha aparecido por arte de magia, pero sus ingredientes ya estaban dentro de ti.

El arte puede ser un buen remedio contra las musas esquivas. Ir a un concierto, visitar un museo o una exposición puede ofrecernos esa imagen, esa emoción o esa pregunta que necesitábamos para que una idea comenzara a tomar forma.

Y no hace falta limitarse al arte. Incluso asistir a un evento deportivo o acudir a cualquier lugar que nos saque de nuestra rutina puede hacer que esa neurona perezosa despierte y empiece a crear conexiones. Quizás sea una canción, un cuadro, la energía de una grada o la reacción de alguien entre el público. Nunca sabemos qué pequeño detalle terminará encendiendo una gran idea.

También habrá momentos en los que tu mente parezca estar llena de posibilidades y otros en los que no consigas encontrar ninguna. El cansancio, la presión o el miedo a que una idea no sea lo bastante buena pueden hacer que resulte mucho más difícil reconocerlas.

A veces descansar y alejarse durante un tiempo es precisamente lo que necesitamos. Dejar de forzar una idea permite que nuestra mente siga relacionando cosas mientras hacemos otra actividad. Pero descansar no es lo mismo que quedarnos esperando indefinidamente a que la inspiración decida regresar.

La inspiración puede iniciar una historia, resolver un problema o enseñarnos un camino que no habíamos visto. Es maravillosa cuando aparece, pero no debería convertirse en un requisito para poder crear.

No podemos obligarla a llegar en un momento concreto, pero sí podemos preparar el terreno para que tenga más posibilidades de encontrarnos. Podemos alimentar nuestra curiosidad, prestar atención a lo que nos rodea y aprender a reconocer las pequeñas chispas antes de que se apaguen.

Y todas estas posibilidades tienen un denominador común: no quedarse mirando una hoja en blanco esperando a que ocurra algo. Porque, al final, la mejor fuente de inspiración es la vida.

Si la inspiración es una criatura caprichosa, no hace falta quedarse junto a la ventana esperando a que aparezca. Hay que salir a su encuentro.

Un escritorio vacío recibe fragmentos luminosos procedentes de un museo, un concierto y las calles de una ciudad.
La inspiración no aparece de la nada: reúne imágenes, sonidos, recuerdos y preguntas que ya hemos encontrado por el camino.

Cómo salir a cazar ideas

Y, después de toda la chapa que acabas de leer, te estarás preguntando: «Sí, muy bonito, pero ¿qué hago para salir a su encuentro?».

La buena noticia es que las ideas dejan más rastros de lo que parece. Solo tienes que aprender dónde mirar.

Si todavía piensas que las ideas son como un unicornio que se aparece ante una joven virgen, poco menos que una cuestión de magia, seguramente estarás leyendo estas palabras con cierto escepticismo. Pero la imaginación, como cualquier otra habilidad, puede entrenarse. Quizás al principio te cueste más mientras que para otras personas resulte algo natural, pero, con un poco de práctica diaria, terminarás haciéndolo casi sin darte cuenta.

Y ahora sí, ha llegado el momento de conocer algunas de las cosas que puedes hacer para capturar esas ideas.

Para empezar, diría que todas —o casi todas— las opciones que voy a darte a continuación tienen una raíz común: la curiosidad.

Si alguna vez te has preguntado por qué otra persona parece tener muchas más ideas que tú, puede que aquí encuentres parte de la respuesta. No siempre se trata de vivir cosas más interesantes, sino de hacerse más preguntas sobre ellas.

Tu mejor herramienta —y una de mis actividades favoritas— es el «¿y si…?». Cuando aparece esa pregunta, prepárate para presenciar el nacimiento de una idea.

Por eso, uno de los ejercicios que quizás hayas hecho alguna vez durante un viaje consiste en imaginar la vida de las personas que tienes alrededor. Puedes hacerlo en un autobús, un restaurante, un museo o mientras esperas en una estación.

Imagina que ves a una persona que no deja de mirar la puerta de una cafetería. ¿Está esperando una cita que llega tarde? ¿Ha quedado con alguien a quien no ve desde hace veinte años? ¿Está vigilando a quien se sienta en la mesa del fondo? ¿Y si espera a alguien que murió hace tiempo, pero todavía no es capaz de aceptar que no va a llegar?

Una persona espera mirando la puerta de una cafetería mientras imagina un reencuentro, una vigilancia secreta y a alguien que nunca llegará.
Observar una escena cotidiana y preguntarnos qué está ocurriendo puede abrir caminos completamente diferentes.

Aquí lo importante no es acertar ni investigar la vida de nadie. Tampoco necesitas captar todos los detalles para construir una historia completa. Solo tienes que dejar que tu imaginación vague a partir de algo observable, sin preocuparte por si podría ser verdad o no. El único objetivo es disfrutar de todas las posibilidades.

Otro pequeño ejercicio consiste en hacer asociaciones extrañas e intentar conectarlas. Por ejemplo, una zanahoria y un equipo de snorkel. ¿Qué ideas podrías combinar hasta conseguir que estos dos objetos terminaran juntos en una misma situación?

Quizás podríamos construir un camino como este:

Zanahoria → huerto → conejo → madriguera → cueva inundada → equipo de snorkel.

Una zanahoria conduce a un huerto, un conejo, una madriguera, una cueva inundada y un equipo de snorkel.
Incluso dos objetos aparentemente inconexos pueden encontrarse si construimos un camino entre ellos.

A partir de ahí, podríamos imaginar que un conejo ha robado una zanahoria muy especial y ha escapado por una madriguera inundada. Para recuperarla habrá que seguirlo bajo el agua.

No necesitas encontrar la conexión más lógica ni construir una historia completa. Esto es un juego, no un examen. El objetivo es obligar a tu imaginación a abandonar los caminos habituales y buscar relaciones donde, en principio, no parece haber ninguna.

Ahora te toca a ti:

¿Cómo conseguirías que una grapadora y un mapa estelar terminaran formando parte de la misma historia?

Si te cuesta decidir qué objetos, lugares o ideas puedes juntar, recurre a un generador de palabras al azar. Puedes utilizar Palabras Aleatorias si solo quieres obtener varias palabras rápidamente o Aleatorios.com si prefieres elegir entre sustantivos, verbos, adjetivos y otras opciones.

Escoge dos resultados que no tengan ninguna relación evidente y no cambies ninguno, aunque la combinación te parezca absurda. Precisamente ahí comienza el ejercicio.

Para terminar, uno de mis ejercicios favoritos: coge una historia que conozcas bien y empieza a cambiar sus elementos.

Por ejemplo, ¿qué habría pasado si Harry Potter se hubiera escapado de casa antes de recibir la carta de Hogwarts? Después puedes añadir otro cambio: ¿y si Harry no fuera un mago, sino un demonio? ¿Y si Hogwarts no fuera una escuela, sino un lugar construido para mantenerlo encerrado? ¿Y si la persona que parece perseguirlo fuera en realidad la única que conoce su verdadera naturaleza?

Puedes continuar haciendo preguntas y sustituyendo personajes, lugares, relaciones, conflictos o reglas del mundo hasta que la historia familiar con la que comenzaste se haya transformado en algo completamente distinto.

Eso sí, cambiar dos nombres y añadir un demonio no basta para convertir Harry Potter en una historia propia. El ejercicio consiste en utilizar una obra conocida como punto de partida para hacer preguntas, no como una estructura que podamos copiar. Si al terminar todavía puedes señalar con facilidad qué personaje o escena corresponde a cada elemento de la historia original, continúa cambiando cosas.

Llegará un momento en el que ya no necesitarás aquella historia para sostener tu idea. Entonces sabrás que has encontrado algo que puede empezar a pertenecerte.

Después de probar estos ejercicios puede que hayas terminado con una persona que espera a alguien que nunca llegará, una grapadora conectada con un mapa estelar o un demonio que ha escapado de aquello que debía ser su hogar. También es posible que algunas de las ideas que hayan aparecido te parezcan extrañas, incompletas o directamente ridículas.

Perfecto. El objetivo de estos ejercicios no era crear una obra maestra en cinco minutos, sino conseguir materia prima con la que empezar a trabajar.

El problema es que, en cuanto aparece una idea, también suele despertar esa vocecita dispuesta a explicarnos todas las razones por las que no funcionará. Antes de escucharla y tirar por la borda todo lo que acabamos de encontrar, recuerda que esas ideas acaban de nacer. Pedirles que ya contengan una historia completa sería exigirles que demostraran todo aquello en lo que pueden convertirse.

No juzgues una idea por su primera forma

Sería injusto pedirle a una idea que fuera ya una historia. Sería como pedirle a un bebé que saliera corriendo, trepara un muro y te recitara un soneto de Shakespeare.

Piensa en ella como un huevo cuyo cascarón acaba de agrietarse. Dentro hay un pollito en potencia, pero todavía necesita calor, tiempo y cuidados para convertirse en un pollito en acto. Sí, acabo de introducir a Aristóteles en una metáfora sobre ideas y pollitos. Las clases de filosofía dejan huella.

Eso no significa que la idea sea mala. Significa que todavía está creciendo.

A mí me pasó con una historia que apareció en un sueño. Cuando intenté contarla se rieron de mí. Solo diré que tenía que ver con un barco y un castillo hinchable, pero tendrás que seguir prestando atención a Desde el corazón del Grimorio si quieres saber algo más sobre ella porque es una idea en desarrollo.

En fin, lo importante es que las risas no consiguieron que la abandonara. Empecé a cambiar algunas cosas, añadí nuevos elementos y, de repente, las risas se convirtieron en una petición: «Necesito leer eso».

La idea no era mala. Solo necesitaba tiempo para dejar de parecer un pollito mojado y empezar a enseñar aquello en lo que podía convertirse.

No juzgar una idea demasiado pronto no significa que tengas que convertir cada cosa que se te ocurra en una novela. Algunas ideas perderán su brillo cuando vuelvas a ellas, otras necesitarán mezclarse con algo que todavía no has encontrado y puede que algunas nunca lleguen a convertirse en nada.

Pero no necesitas decidirlo en el mismo momento en el que aparecen.

Cuando tengas una idea, intenta no preguntarte inmediatamente: «¿Es buena?». En ese momento todavía no tienes información suficiente para responder. Pregúntate mejor: «¿Qué es lo que me interesa de ella?». Quizás sea una imagen que no puedes sacarte de la cabeza, una emoción, un personaje o una pregunta cuya respuesta necesitas descubrir.

Eso es lo que tienes que proteger.

Pequeño brote luminoso protegido bajo una campana de cristal mientras sombras espinosas intentan alcanzarlo.
Antes de exigirle respuestas, permite que la idea crezca lo suficiente para mostrarte en qué puede convertirse.

Más adelante llegará el momento de analizar la idea, encontrar sus problemas y decidir si quieres desarrollarla. Por ahora, deja que sea extraña, incompleta o incluso un poco ridícula. No hace falta dedicarle años de trabajo ni defenderla ante nadie. Solo darle la oportunidad de sobrevivir a su primera forma.

Puede que dentro de unos días ya no te interese. O puede que, meses después, otra idea aparezca y encaje en el hueco exacto que esta había dejado vacío. Nunca se sabe qué terminará haciendo crecer al pollito.

El problema es que, para darle tiempo, primero tenemos que evitar que desaparezca. Y confiar en que recordaremos esa idea maravillosa que se nos ocurrió justo antes de dormir nunca suele acabar bien.

Ha llegado el momento de darles un hogar.

Construye un refugio para tus ideas

Puede que pienses que apuntar las dos palabras que han generado una emoción tan intensa en ti es suficiente, pero ahí estarás cometiendo un error. Créeme: he pasado por eso.

En el momento parece una buena idea porque todavía lo tienes todo en la cabeza. Con esas dos palabras puedes recuperar la imagen, la emoción y todas las posibilidades que han aparecido a su alrededor. Pero, cuando la idea queda archivada durante semanas, meses o incluso años, esas conexiones comienzan a desvanecerse. Entonces vuelves a leer aquellas palabras y te preguntas: «¿Por qué me pareció esto tan buena idea?».

Para evitarlo, mi recomendación es que escribas todo lo que se te pase por la cabeza y añadas tantos detalles como puedas. No te limites a guardar la idea: intenta conservar también el momento en el que apareció.

Puedes apuntar:

  • Qué provocó la idea.

  • Qué imagen viste en tu cabeza.

  • Qué emoción te produjo.

  • Qué preguntas o posibilidades aparecieron.

  • Qué era exactamente lo que te parecía tan increíble.

    Archivador de madera con cajones abiertos que guardan paisajes, luces, objetos y recuerdos para futuras historias.
    Una idea necesita conservar también las imágenes, emociones y preguntas que la hicieron especial.

No hace falta que esté bien escrito ni que tenga orden. Nadie va a corregir esas notas y puede que ni siquiera vuelvas a entender algunas frases, pero cuanta más información dejes, más posibilidades tendrás de recuperar la chispa original cuando regreses.

Si la idea aparece en un momento en el que no puedes detenerte a escribir, graba una nota de voz o apunta unas pocas palabras como solución de emergencia. Eso sí, vuelve a ellas en cuanto puedas y amplíalas mientras todavía recuerdes lo que significaban. Dos palabras pueden servir para retener una idea durante unas horas, pero no siempre sobrevivirán a varios años dentro de un cajón.

El lugar que elijas dependerá de ti. Puede ser un cuaderno, una aplicación de notas, un documento, una carpeta llena de audios o cualquier sistema que te resulte cómodo. Lo importante es que puedas utilizarlo rápidamente y sepas dónde buscar cuando quieras volver a una idea.

No necesitas construir el archivo perfecto ni clasificar cada pensamiento con quince etiquetas. Necesitas un refugio al que tus ideas puedan llegar antes de desaparecer.

De esta forma, cuando regreses a ellas, no encontrarás solamente dos palabras aisladas. Encontrarás las imágenes, las emociones y las posibilidades que te hicieron pensar que allí podía esconderse algo increíble.

Ejercicio de alquimia: tu primera cacería de ideas

Antes de continuar, ha llegado el momento de reunir todo lo que acabamos de ver en un último ejercicio.

Primer paso: reúne los ingredientes

Escoge:

  • Un objeto que tengas cerca.

  • Una emoción.

  • Una persona, criatura o profesión.

  • Un lugar.

  • Una situación cotidiana.

No pienses demasiado las respuestas. Mira a tu alrededor, utiliza lo primero que se te ocurra o recurre a uno de los generadores de palabras si necesitas un poco de ayuda.

Segundo paso: mezcla los ingredientes

Crea tres combinaciones diferentes utilizando los mismos cinco elementos. Puedes cambiar la relación entre ellos, decidir cuál tiene más importancia o llevarlos hacia géneros completamente distintos, pero intenta no eliminar ninguno.

No busques todavía una historia completa ni descartes una combinación porque te parezca extraña. Por ahora solo estamos echando ingredientes al caldero para ver cómo reaccionan.

Tercer paso: interroga cada combinación

Completa estas frases para cada una:

  • Lo que más me intriga de esta idea es…

  • La imagen que aparece en mi mente es…

  • La pregunta que me provoca es…

  • Me gustaría explorar esta idea porque…

No es necesario que respondas a todas ni que escribas demasiado. Su función es ayudarte a descubrir qué combinación despierta algo en ti y por qué.

Cuarto paso: conserva el resultado

Guarda las tres posibilidades, incluso si una de ellas te atrae más. Añade las imágenes, emociones y preguntas que hayan aparecido durante el ejercicio para no encontrarte dentro de unos meses frente a cinco palabras sin saber qué querías hacer con ellas.

Una idea que hoy parece débil puede encontrar mañana el ingrediente que le falta. Y una de estas combinaciones podría haber empezado ya a transformarse en algo más.

La pregunta es: ¿cómo sabemos cuándo una idea comienza a convertirse en la semilla de una historia?

Encontrar la chispa es solo el comienzo

Ahora que has aprendido a salir a buscar ideas y a mantenerlas a salvo, tengo que darte una última mala noticia: una idea todavía no es una historia. Al menos, no siempre.

Imaginemos que tu idea es esta:

Una niña encuentra un dragón herido en el bosque.

Tenemos una imagen que despierta nuestra curiosidad, pero todavía no sabemos qué ocurre. No conocemos a la niña, no sabemos quién ha herido al dragón ni qué decidirá hacer cuando lo encuentre.

Ahora añadamos algo más:

La hija de un cazador encuentra un dragón herido en el bosque y decide esconderlo, aunque sabe que su padre está siguiendo su rastro.

La imagen inicial no ha desaparecido, pero ahora comienza a generar preguntas. ¿Por qué decide protegerlo? ¿Qué ocurrirá si su padre los encuentra? ¿Es cierto todo lo que le han contado sobre los dragones?

Todavía no tenemos una historia completa, pero sí una semilla capaz de crecer.

Una niña encuentra un dragón herido y decide protegerlo mientras su padre se aproxima y aparecen nuevas amenazas.
Una imagen comienza a convertirse en historia cuando despierta preguntas, decisiones y conflictos.

La diferencia no está en la cantidad de detalles ni en lo larga que sea la explicación. Una idea llama nuestra atención; una semilla empieza a mostrarnos que algo podría suceder. Contiene una pregunta, una decisión, un problema o cualquier otro elemento que nos hace querer descubrir qué viene después.

Pero no hace falta que te preocupes todavía por convertir todas tus ideas en semillas. Por hoy ya has tenido suficiente chapa. En este artículo hemos aprendido que una idea no necesita ser completamente original ni llegar hasta nosotros convertida en una historia perfecta. Podemos salir a buscarla, entrenar nuestra imaginación, darle tiempo y construir un refugio donde pueda crecer.

El siguiente paso será descubrir qué historia se esconde dentro de ella.

Pero eso será materia para otro conjuro.


Fuentes del archivo

Fuentes teóricas y obras de consulta

• Tobias, Ronald B. 20 Master Plots and How to Build Them. Writer’s Digest Books, 1993.

• Mednick, Sarnoff A. «The Associative Basis of the Creative Process». Psychological Review, 69(3), 1962, pp. 220–232. https://doi.org/10.1037/h0048850

• Sio, Ut Na, y Thomas C. Ormerod. «Does Incubation Enhance Problem Solving? A Meta-Analytic Review». Psychological Bulletin, 135(1), 2009, pp. 94–120. https://doi.org/10.1037/a0014212

• Aristóteles. Metafísica, libro IX.


Obras literarias y audiovisuales mencionadas

• Ovidio. Metamorfosis, libro X (episodio de Pigmalión).

• Collodi, Carlo. Las aventuras de Pinocho, 1883.

• Tomeo, Javier. Historias mínimas. Mondadori, 1988; reed. Anagrama, 1996. Pieza XII.

• Rowling, J. K. Harry Potter y la piedra filosofal. Bloomsbury, 1997.

• Spielberg, Steven (dir.). Inteligencia Artificial. Warner Bros. Pictures y DreamWorks Pictures, 2001.


Recursos digitales

• Palabras Aleatorias — generador de palabras: https://www.palabrasaleatorias.com/

• Aleatorios.com — generador por categorías gramaticales: https://www.aleatorios.com/

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Otras criaturas aguardan detrás del velo.

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