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Fórmulas de la Pluma

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De la idea a la historia: haz inventario de tus ingredientes

Una idea puede llegar con personajes, escenas o un mundo entero. Aprende a reconocer sus ingredientes, descubrir qué falta y decidir cuánto necesitas preparar antes de empezar a escribir.

Una idea luminosa se abre sobre un escritorio y conecta retratos de personajes, un mapa, distintos escenarios, una puerta y una brújula frente a un cuaderno en blanco

September 17, 2026

14 min

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V

ale, ya tienes una idea. Has conseguido encontrarla, atraparla y dejarla a salvo en algún lugar donde, con suerte, no se perderá entre una lista de la compra y una contraseña que ya no utilizas. ¿Y ahora qué haces con ella?

Pues depende.

Puede que tu idea sea un personaje que apareció en tu cabeza con nombre, aspecto y varios traumas, pero sin nada que hacer. Quizás tengas un mundo entero, con sus reinos, su magia y tres mil años de guerras, pero nadie que viva una historia dentro de él. También puedes haber imaginado una escena, una conversación, una criatura, una relación o incluso el final de una historia cuyo principio todavía no existe.

Y ese es el problema: no todas las ideas llegan acompañadas de los mismos ingredientes. Algunas aparecen casi vestidas y peinadas, mientras que otras se presentan desnudas, despeinadas y sin saber muy bien qué hacen allí. Por eso tampoco existe un único paso que funcione para todas.

Antes de ponerte a escribir o intentar construir una trama de trescientas páginas, lo mejor es abrir la idea con cuidado, volcar todo lo que contiene sobre la mesa y hacer inventario. ¿Qué tienes ya? ¿Un personaje? ¿Un mundo? ¿Una situación? ¿Y qué podría faltar para que todo eso empiece a parecerse a una historia?

Pero ojo, conocer los ingredientes de una historia no significa que exista una receta para escribirla. No puedes añadir doscientos gramos de protagonista, tres cucharadas de conflicto y un villano al gusto esperando que salga una novela perfecta. Cada historia necesita cosas diferentes y puede que algunas ni siquiera las descubras hasta que empieces a escribir.

Ahora bien, cuando veas aparecer palabras como protagonista, conflicto, antagonista, tema, estructura, narrador o punto de vista, no entres en pánico. No necesitas resolverlo todo antes de escribir la primera frase y mucho menos hacerlo en un orden concreto. A lo largo de los próximos artículos iremos hablando de cada uno de estos elementos con calma.

Además, no todo el mundo necesita preparar lo mismo. Hay quien prefiere tener un mapa detallado antes de comenzar y quien se lanza al camino con una brújula, algo de comida y la esperanza de no terminar en un pantano. La mayoría nos encontramos en algún lugar entre ambos extremos.

En este artículo no vamos a construir todavía cada una de esas partes. Solo vamos a extender sobre la mesa algunos de los ingredientes que pueden formar una historia, descubrir cuáles han llegado ya con tu idea y cuáles podrías necesitar explorar antes de empezar a cocinar.

Haz inventario de tus ingredientes

Recupera la idea que guardaste y escribe todo lo que sabes sobre ella. Todo. Aunque parezca una tontería, aunque todavía no sepas para qué sirve o aunque solo sea una imagen que apareció en tu cabeza a las tres de la mañana. De momento no vamos a buscar respuestas, solo a descubrir con qué contamos.

Un consejo que puedo darte es que, en esta fase, trabajes siempre de forma expansiva. Es mejor dejar que la idea se desmadre y poner sobre la mesa todo lo que se te ocurra que quedarte con lo primero que te venga a la cabeza. No tengas miedo al éxito. Más adelante ya tendremos tiempo de acotar y decidir qué necesita realmente la historia.

Quizás tengas una frase, el aspecto de un personaje y una escena del final. Puede que conozcas todo el sistema político de un reino, pero no sepas quién vive allí. O que tengas una relación, un conflicto y la traición que va a destruirlo todo, pero ni un solo escenario en el que colocar a esas pobres criaturas. No importa. Apunta lo que haya.

Cuando hayas terminado de volcar todo lo que sabes, observa tus notas y busca qué ingredientes han aparecido:

  • Alguien que viva la historia. Puede que tengas un personaje completamente formado o apenas una silueta. Quizás conoces a una niña capaz de hablar con los muertos, pero no sabes quién la acompaña, quién intenta detenerla o qué relaciones serán importantes para ella. Aquí es donde, más adelante, aparecerán palabras como protagonista, antagonista y personajes secundarios.

  • Un lugar donde pueda suceder. Tal vez la idea nació como una ciudad construida bajo el mar, una casa que cambia de habitación cada noche o una cafetería perfectamente normal. Puede que conozcas el mundo entero o que todavía no hayas decidido ni siquiera en qué época ocurre. También entran aquí las reglas que determinan qué es posible y qué no.

  • Algo que esté ocurriendo. Quizás sabes que un barco desaparecido hace veinte años acaba de regresar sin nadie a bordo, pero no por qué ha vuelto ni quién va a subir a investigarlo. Puede que tengas un objetivo, un problema, una amenaza o solo la sensación de que algo está a punto de salir terriblemente mal. De aquí irán naciendo el conflicto, los obstáculos y las consecuencias.

  • Una razón por la que todo esto importa a los personajes. Puede que alguien quiera recuperar algo, proteger a una persona, descubrir la verdad o simplemente llegar con vida al día siguiente. Quizás todavía no sabes qué lo impulsa a actuar o qué puede perder si fracasa. Aquí aparecerán las motivaciones, los riesgos y las consecuencias.

  • Algo que quieras explorar. Puede que tu idea naciera del miedo a caer en el olvido, de la necesidad de encontrar un lugar al que pertenecer o de una pregunta como «¿seguirías queriendo a alguien después de descubrir lo peor que ha hecho?». Quizás todavía no sabes qué tema se esconde detrás de la historia o puede que lo descubras mientras escribes.

  • Algunos acontecimientos. Tal vez conoces la primera escena, una traición a mitad de la historia y la muerte devastadora que llevas deseando escribir desde el principio. El resto puede seguir siendo un agujero enorme. Esos fragmentos acabarán formando parte de la trama y, en algún momento, tendrás que descubrir cómo llegar de uno a otro.

  • Una forma de contarlo. Puede que sepas que será una historia de terror, una fantasía romántica o una comedia en la que todo sale mal. Quizás has escuchado con claridad la voz del narrador o sabes desde qué personaje quieres observar los acontecimientos. También puede que no hayas pensado todavía en el género, el tono, el punto de vista o la estructura.

No hace falta que puedas responder a todo. Limítate a marcar lo que ya aparece en tus notas, aquello sobre lo que solo tienes una intuición y las zonas que continúan completamente vacías. Algunas acabarán necesitando una respuesta; otras se resolverán mientras escribes y puede que unas cuantas no tengan ninguna importancia para esta historia.

Retrato de un personaje, ciudad fantástica, barco abandonado, relicario, espejo, escenas narrativas, máscara y pluma conectados sobre un pergamino.
Una idea no necesita llegar completa: basta con reconocer qué elementos trae consigo y cuáles siguen esperando una respuesta.

¿Escribes con mapa o con brújula?

Después de hacer el inventario puede que sientas la necesidad de rellenar todos los espacios vacíos antes de empezar. O quizás estés mirando la lista pensando que lo único que quieres es lanzarte a escribir eso que tienes en la cabeza.

Ambas opciones son perfectamente válidas.

Una de las clasificaciones que más vas a encontrar es la que distingue entre escritores de mapa y escritores de brújula. Los primeros prefieren conocer el camino antes de comenzar; los segundos saben más o menos en qué dirección quieren avanzar, pero descubren el recorrido mientras escriben.

Por supuesto, no son los únicos nombres que se han utilizado. También se habla de planificadores y escritores de descubrimiento, de plotters y pantsers o de arquitectos y jardineros, como los llama George R. R. Martin. Incluso existe el término plantser para quienes mezclan planificación e improvisación.

No necesitas aprenderte todas las etiquetas ni escoger una para el resto de tu vida. En el fondo, todas intentan responder a la misma pregunta: ¿cuánto necesitas saber antes de atreverte a empezar?

Un mapa detallado y una brújula luminosa guían dos caminos diferentes hacia la misma ciudad fantástica.
Mapa y brújula son dos formas distintas de orientarse: una dibuja el recorrido y la otra permite descubrirlo mientras avanzamos.

Si escribes con mapa, antes de comenzar probablemente quieras conocer a tus personajes, saber qué va a ocurrir, decidir cómo funciona el mundo y tener al menos una idea bastante aproximada del final. Como un arquitecto, prefieres trabajar con unos planos antes de colocar el primer ladrillo.

Planificar permite ver el camino, detectar algunos problemas antes de encontrarlos y sentarse a escribir sabiendo hacia dónde se dirige la historia. El peligro aparece cuando intentas resolver hasta el último detalle y nunca consideras que el mapa esté terminado. Siempre queda una calle por dibujar, un personaje secundario que necesita una infancia más desarrollada o una guerra ocurrida trescientos años antes que, por algún motivo, parece imprescindible investigar antes de escribir el primer capítulo.

Si escribes con brújula, puede que solo conozcas al personaje, una situación inicial o la dirección aproximada en la que quieres avanzar. Escribes para descubrir la historia y necesitas ver actuar a los personajes antes de decidir qué harán después.

Aquí es donde la comparación con un jardinero me gusta especialmente. Escribir con brújula no significa avanzar sin pensar y esperar que todo aparezca por arte de magia. Un jardinero no lanza una semilla por encima del hombro y regresa seis meses después esperando encontrar un jardín perfectamente cuidado. Prepara la tierra, observa lo que está creciendo, corta algunas ramas, cambia plantas de sitio y arranca aquello que no funciona. Puede que no sepa qué forma exacta tendrá el jardín al final, pero eso no significa que no tome decisiones durante el proceso.

Descubrir una historia mientras la escribes deja más espacio para la sorpresa y permite conocer a los personajes viéndolos actuar. Sin embargo, también puede conducir a caminos sin salida, capítulos que no llevan a ninguna parte y revelaciones tardías que obligan a regresar cien páginas para arreglar el desastre. A veces descubrir una historia implica escribir partes que nunca llegarán a formar parte de ella. Toca podar.

Ramas narrativas crecen de un cuaderno; algunas florecen en escenas luminosas y otras aparecen secas junto a unas tijeras de podar.
Descubrir una historia también exige observar lo que crece, cuidar lo que funciona y podar los caminos que no conducen a ninguna parte.

Y después estamos todas las personas que vivimos en algún lugar entre ambos extremos. Quizás necesitas planificar la trama, pero prefieres descubrir a los personajes mientras escribes. Puede que conozcas el final y no tengas ni idea de cómo llegar hasta él, o que construyas un mundo entero y dejes el resto en manos de una brújula que tampoco parece tener muy claro dónde está el norte.

Además, tu forma de trabajar no tiene por qué ser siempre la misma. Una historia puede pedirte un mapa detallado y la siguiente permitirte avanzar con apenas unas indicaciones. Incluso dentro de un mismo proyecto puedes planificar unas partes y descubrir otras sobre la marcha.

Por eso este inventario no pretende decirte cuánto tienes que preparar. Su función es ayudarte a descubrir cuánto necesitas saber tú para empezar sin quedarte eternamente dibujando el mapa ni acabar dando vueltas por el mismo bosque durante doscientas páginas.

Ahora bien, empieces con media historia atada o solamente con unos pocos datos, mi recomendación es que tengas claras tres cosas antes de partir:

  • Qué quieres contar.

  • Dónde comienza tu historia.

  • Hacia dónde quieres que se dirija.

No necesitas conocer la última escena ni jurar sobre el grimorio que no cambiarás el final. Basta con tener una dirección. Saber qué te interesa de la historia, cuál es el punto desde el que comienza y dónde crees que podría terminar te dará una guía para tomar decisiones cuando aparezcan varios caminos posibles.

Puede que el destino cambie durante el viaje. No pasa nada. La función de ese final provisional no es encadenarte a él, sino evitar que la brújula empiece a dar vueltas y termines caminando en círculos.

Una semilla luminosa sobre un cuaderno inicia un camino que atraviesa una puerta y conduce hacia una ciudad en el horizonte.
No necesitas conocer todo el recorrido: basta con saber qué quieres contar, desde dónde partes y hacia dónde deseas avanzar.

No existe un orden correcto

Ahora que sabes qué tienes y has localizado algunos de los huecos de tu historia, puede que te estés preguntando por cuál deberías empezar.

La respuesta poco satisfactoria es: depende.

La buena noticia es que no existe un orden correcto. Puedes empezar por un personaje y descubrir el mundo que necesita a su alrededor. Quizás construyas primero ese mundo y después te preguntes quién podría vivir la historia más interesante dentro de él. Puede que conozcas el final antes que el conflicto, encuentres el tema mientras desarrollas una relación o descubras al verdadero antagonista cuando ya llevas medio libro escrito.

Además, ninguno de estos ingredientes permanece quieto mientras trabajas en los demás. Una decisión sobre el mundo puede cambiar el conflicto. El conflicto puede obligarte a replantear al protagonista. Un personaje secundario que debía aparecer durante tres páginas puede decidir que la historia también le pertenece y desmontar con bastante poca consideración la estructura que llevabas semanas preparando.

Escribir una historia no consiste en avanzar por una lista y no volver a mirar atrás. Vas a saltar de un ingrediente a otro, regresar a partes que creías terminadas y cambiar cosas que parecían intocables. A veces una respuesta abrirá cinco preguntas nuevas y otras resolverá un problema que ni siquiera sabías que tenías.

Pero que puedas cambiar las cosas no significa que debas mantener todas las decisiones abiertas eternamente. En algún momento tendrás que cerrar algunas puertas y aceptar ciertas respuestas como inamovibles, al menos durante ese borrador. Si cada idea nueva te obliga a cambiar al protagonista, reconstruir el mundo y empezar la trama desde cero, la historia puede transformarse muchas veces, pero nunca llegará a terminarse.

Eso no significa que tengas prohibido modificar una decisión que claramente no funciona. Significa aprender a distinguir entre un cambio que la historia necesita y la tentación de desmontarlo todo porque acaba de aparecer una posibilidad nueva y brillante. Siempre habrá otra forma de contarla. En algún momento tendrás que escoger una.

Varias puertas cerradas rodean una única puerta abierta cuya luz dorada alcanza un cuaderno en blanco preparado para comenzar.
Para que una historia pueda avanzar, llega un momento en que debemos cerrar algunas puertas y comprometernos con un camino.

Y tampoco necesitas esperar a tenerlo todo decidido para empezar a escribir. Si en mitad de la planificación aparece una escena con tanta claridad que casi puedes escuchar a los personajes, escríbela. No la obligues a esperar educadamente hasta que hayas terminado una ficha de cincuenta páginas sobre el sistema político de un reino que quizá ni aparezca en ella.

Puede que esa escena termine siendo el corazón de la historia o que no encuentre un lugar en el manuscrito final. Debes aceptar ambas posibilidades. Escribirla no garantiza que vaya a quedarse, pero posponer continuamente la escritura hasta tenerlo todo cerrado solo consigue convertir la planificación en otra forma de no empezar.

En los próximos artículos del Grimorio iremos examinando estos ingredientes uno a uno, pero eso no significa que tengas que desarrollar tu historia en el mismo orden. Puedes guardar una fórmula para más adelante o regresar a ella cuando descubras que es justo lo que necesitas.

Lo importante no es completar todos los apartados ni seguir un camino perfecto. Es conocer las herramientas suficientes para reconocer qué necesita tu historia, saber cuándo todavía merece la pena explorar y detectar el momento en el que toca dejar de mover los ingredientes y empezar a cocinar.

Ya tienes una idea, has descubierto qué ha llegado con ella y cuentas con algunos puntos de referencia para no perderte. A partir de ahora iremos abriendo el grimorio poco a poco. La próxima fórmula nos llevará a uno de los lugares donde más fácilmente podemos quedarnos atrapados construyendo durante años: el mundo de nuestra historia.

Fuentes del archivo

Fuentes teóricas y obras de consulta
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Otras criaturas aguardan detrás del velo.

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